Ausentes.
Fue el más inusual cruce de
palabras. Un día gris y despoblado, una chica avanzaba hacia una caseta de
venta de boletos de tren, caminaba sin prisa, pues todo y todos parecían no
estar. Al llegar a la caseta, detrás del cristal, allá, agazapado tras unos lentes
fosforescentes estaba él. Dueño y señor de la caseta del olvido no la miro,
omitió su existencia por un momento, hasta que en el cristal chocaron dos
monedas que partieron el día en dos. Buen Día, vengo por un boleto para la ruta
hacia el oriente. Los lentes dejaron de brillar y giraron junto con él. El tren
se demora, quizá no llegue. Creo que esperaré, pero necesito esos boletos. Esta
segura que quiere estar ahí parada, quizá le llegue el olvido primero. Ella no
había definido bien la figura que estaba hablándole. El, por su parte apenas
unía las múltiples imágenes y enfocaba, lo que vio fue el rostro triste de la
chica. No importa, me quedare, no tengo más remedio, y a la vez cruzaron sus
miradas. No creo que venga ese tren, hace dos semanas que no sabemos nada de su
servicio. Leyeron sus soledades y quedaron ahí, en silencio, petrificados por
tu traslucida alma.
Luego de un rato, el murmullo de
un animal gigante, con senderos de humo se acercaba. Ellos seguían ahí, dejando
que el tiempo se les colara por el frente, con esa osadía de amar sin amar, de
estar distantes pero cercanos, de intentar adivinar el pensamiento del otro. Ninguno se animó a decir más, el tren llego y
los boletos se deslizaron hacia ella por la cajuela metálica de la caseta. Y cuando sus pasos se desprendieron
lentamente de ese lugar, fue como si les arrancaran algo de adentro, pero al
mismo tiempo es ese dolor que se sabe conllevar, y se guarda en lo más profundo
del pecho, y se va ahogando entre respiración y respiración.
Felipe Velásquez (Villavicencio, Colombia).
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