martes, 9 de septiembre de 2014

AUSENTES

Ausentes.

Fue el más inusual cruce de palabras. Un día gris y despoblado, una chica avanzaba hacia una caseta de venta de boletos de tren, caminaba sin prisa, pues todo y todos parecían no estar. Al llegar a la caseta, detrás del cristal, allá, agazapado tras unos lentes fosforescentes estaba él. Dueño y señor de la caseta del olvido no la miro, omitió su existencia por un momento, hasta que en el cristal chocaron dos monedas que partieron el día en dos. Buen Día, vengo por un boleto para la ruta hacia el oriente. Los lentes dejaron de brillar y giraron junto con él. El tren se demora, quizá no llegue. Creo que esperaré, pero necesito esos boletos. Esta segura que quiere estar ahí parada, quizá le llegue el olvido primero. Ella no había definido bien la figura que estaba hablándole. El, por su parte apenas unía las múltiples imágenes y enfocaba, lo que vio fue el rostro triste de la chica. No importa, me quedare, no tengo más remedio, y a la vez cruzaron sus miradas. No creo que venga ese tren, hace dos semanas que no sabemos nada de su servicio. Leyeron sus soledades y quedaron ahí, en silencio, petrificados por tu traslucida alma.

Luego de un rato, el murmullo de un animal gigante, con senderos de humo se acercaba. Ellos seguían ahí, dejando que el tiempo se les colara por el frente, con esa osadía de amar sin amar, de estar distantes pero cercanos, de intentar adivinar el pensamiento del otro.  Ninguno se animó a decir más, el tren llego y los boletos se deslizaron hacia ella por la cajuela metálica de la caseta.  Y cuando sus pasos se desprendieron lentamente de ese lugar, fue como si les arrancaran algo de adentro, pero al mismo tiempo es ese dolor que se sabe conllevar, y se guarda en lo más profundo del pecho, y se va ahogando entre respiración y respiración. 

Felipe Velásquez (Villavicencio, Colombia).

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